La receta más antigua de Brasil: una masa que no lleva harina, no lleva gluten y se arma sola en la sartén.
La tapioca es la goma que se extrae de la raíz de mandioca —la misma que en otros lugares llaman yuca, aipim o macaxeira—. Se ralla, se prensa y se deja decantar: ese almidón blanco, hidratado y tamizado, es todo el ingrediente.
Sin harina de trigo, sin levadura, sin leche y sin huevo. Por eso una tapioca es naturalmente libre de gluten y liviana, y por eso el relleno manda: siempre salado, siempre generoso.
Mucho antes de la llegada de los portugueses, los pueblos originarios —tupí y guaraní entre ellos— ya sabían transformar la mandioca: rallarla, prensarla en el tipiti para quitarle el líquido y aprovechar hasta el almidón que quedaba decantado en el fondo.
De esa técnica nació la tapioca. Hoy es desayuno, merienda y cena en el nordeste brasileño, se vende en carritos en la calle y cada casa tiene su relleno preferido.
Nosotros la trajimos a la Patagonia tal cual: la misma goma, la misma sartén, y rellenos que mezclan Brasil con lo que da esta cordillera.
La goma de mandioca se humedece apenas y se pasa por un tamiz fino hasta quedar como arena suelta.
Se esparce sobre la sartén caliente. Con el calor el almidón se funde solo y forma un disco: no lleva ningún ligante.
Un minuto el disco en la sartén, de un solo lado, con el relleno adentro. Se cierra y se sirve: en 3 minutos la tapioca está lista.